Tengo un libro de cuentos de terror, mi familia lo compró de un depósito de libros hace más de una década. Hace meses un amigo y yo hablábamos de cuentos de terror y le cité un par de ése libro que luego me solicitó y que transcribÃ.
Sólo resta decir que no me gustan los circos desde ése cuento.
Rose
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El circo de Satanás
Lady Eleanor Smith
Una vez la pregunté a un artista de circo que yo sabÃa que habÃa actuado en el Circo Brandt, si le habÃa gustado o no viajar con aquel espectáculo tan admirado. Su respuesta fue muy singular. Con el rostro contraÃdo por una mueca violenta, escupió sobre el suelo. No pronunció ni una sola palabra. Sin embargo, mi curiosidad se despertó y, poco después, fui en busca de un viejo payaso, ya retirado, que tenÃa fama de conocer a todos los circos europeos como a su propio bolsillo.
-El circo Brandt- repitió pensativamente-. Bueno, ya sabe que los Brandt eran unos tipos muy raros, y tenÃan muy mala reputación. Eran austrÃacos, y la gente de su paÃs los llamaba gitanos, con lo que querÃan decir eran nómadas, ya que los Brandt jamás trabajaban en su patria, sino que recorrÃan todo el mundo, como si tuvieran el diablo azuzándoles por la espalda. En efecto, algunos llegaron a llamarlo “El Circo de Satanásâ€.
-CreÃa que el Circo Brandt era uno de los mejores- observé.
-Asà es- el payaso procedió a encender su pipa-, un espectáculo ambicioso y bien montado. A su modo, esos tipos eran artistas, y merecÃan más éxito del que obtenÃan. Es difÃcil decir por qué eran tan impopulares, pero lo cierto es que nadie actuaba con ellos arriba de unos meses; y más aún, dondequiera que fueran, la India, Australia, Rumania, España o Ãfrica, dejaban tras ellos muy mala reputación, como si no pagasen las cuentas, lo cual- añadió, lanzando al aire una bocanada de humo- no deja de ser raro, porque los Brandt son ricos.
-¿Cuántos Brandt hay?- inquirÃ, ya que deseaba saber mucho más respecto al circo más errabundo de Europa.
-Hace usted demasiadas preguntas, pero ésta será mi última respuesta. Bien, son dos, marido y mujer: Carl y Lya. La mujer es un misterio, si le interesa mi opinión. DirÃa que es mexicana, o al menos que lleva sangre de tal en sus venas, y sé que fue domadora de serpientes y que, de los dos, es ella la peor, aunque esto sea decir mucho. Sin embargo, todo esto es pura adivinanza mÃa, aunque después de haberla visto, puedo asegurarle que es una hermosa pieza y que no tiene arriba de cuarenta años. Y ahora- agregó con firmeza-, no quiero seguir hablando del Circo Brandt.
Y continuamos conversando sobre Sarrasani, Krone, Carmo y Hagembeck.
*+*+*+*
Transcurrió un año, y me olvidé del Circo Brandt, que seguramente durante ese tiempo, vagabundeó de Tokio a San Francisco, y de Belgrado a Estocolmo, como si el diablo le azuzase por la espalda.
Entonces tropecé con un antiguo amigo, un famoso prestidigitador, a quien no veÃa hacÃa muchos meses. Le convidé una copa y le pregunté dónde habÃa estado desde nuestro último encuentro. Se echó a reÃr y me contestó que estuvo en el infierno. Repliqué que no me gustaban los acertijos y volvió a echarse a reÃr.
-Bueno, quizá exageré al decir infierno. Pero estuvo muy cerca de él. Hice una gira con el Circo Brandt.
-¿El Circo Brandt?
-Exactamente, por los Balcanes, España, Norte de Ãfrica, luego Holanda y Bélgica y por fin Francia. Los dejé en Francia. Aunque me hubiesen doblado el sueldo no me habrÃa quedado.
-¿Entonces el Circo Brandt es tan malo como dicen?
-¿Malo? No, no es malo. Yo puedo soportar la maldad. Lo que no puedo resistir, en cambio, es trabajar con gente que me produzca escalofrÃos. Ahora me rÃo, y no me extraña, pero le aseguro que por la noche me despertaba en mi carromato sudando de miedo, y eso que no soy dado a fútiles fantasÃas.
Esta vez me sentà plenamente interesado.
-DÃgame, por favor, qué le asustaba tanto.
-No puedo- me contestó pidiendo otra copa-, porque no me trataron mal durante la gira. Los Brandt se portaron muy bien conmigo…demasiado bien, ya que a veces me invitaban a ir a su carromato para charlar con ellos entre sesión y sesión, y a mi no me gustaba ir allÃ… Si, esto me erizaba el vello. Sé que usted se reirá, pero era como estar sentado entre dos felinos esperando que se abalanzasen sobre mà después de haberse divertido conmigo. Claro que resulta ridÃculo pero, cuando me acuerdo de ellos vuelvo a sentir escalofrÃos. Serán mis nervios, el cansancio tal vez.
Le pregunté si alguna otra persona perteneciente al circo se habÃa sentido igualmente afectada por los Brandt, y enarcó las cejas, como intentando hacer memoria para poder recordar todos los detalles de la gira.
-Ocurrió una cosa que todos pudimos ver- dijo tras una pausa-, y ello sucedió en una parte casi salvaje de Rumania, por los montes de Cárpatos. Pasábamos por una aldea, camino de la ciudad distante unos cuántos kilómetros, y los campesinos acudieron para vernos pasar, cosa muy natural, ya que el desfile resultaba vistoso. Y entonces, en una calle del pueblo, un carro se atascó, y los Brandt saltaron de su carromato para ver qué ocurrÃa.
-¿Y bien?- pregunté al ver que callaba.
-Fue muy raro. Todos los aldeanos huyeron como conejos asustados hacia sus casas y atrancaron las puertas. Se desatascó el carro y continuamos el viaje, pero al llegar al pueblo siguiente, no encontramos señales de vida porque todo el mundo se metió en su casa con las puertas bien cerradas. Y en cada puerta colgaba una ristra de ajos.
-¿Algo más?- pregunté.
-Oh, recuerdo muy pocas cosas. El corral, por ejemplo. Los Brandt casi nunca se molestaban en examinar esa parte del espectáculo. Estaban demasiado atareados con la pista y la taquilla. Pero un dÃa, ella, la señora Brandt, tuvo que pasar por la caballeriza hacia la corraliza de las fieras para ir en busca de un agente que estaba conversando con los peones. Fue bastante raro…ya que el ruido era infernal. Fue como si los leones y los tigres se hubiesen asustado; no enfadados, ni pidiendo comida, sino con un túmulo muy diferente. Y cuando ella salió de allÃ, los caballos estaban sudorosos. Yo, por mi parte, también sudaba, a pesar de que hacÃa un dÃa muy frÃo.
-Realmente, hizo usted bien en dejarlos- admitÃ.
-Oh, no espero que me crea. ¿Por qué tendrÃa que creerme? No se lo habrÃa dicho de no haberme usted preguntado por el Circo Brandt. Pero le aseguro que me alegro de estar de nuevo en casa. Y algún dÃa le contaré por qué los dejé en Francia. No es un relato muy agradable. Pero hoy no puedo. NO me gusta hablar de los Brandt antes de acostarme. He tenido demasiadas pesadillas últimamente.
*+*+*+*
Tarde cierto tiempo en conseguir el relato del prestidigitador. Una mañana, sin embargo, de sol pálido pero radiante, consintió en contármelo todo. Y traducida al español, he aquà su historia:
Mientras el Circo Brandt estaba de gira por Ãfrica del Norte y permanecÃa unos dÃas en Tárger, llegó un joven pidiendo trabajo. Era, dijo, alsaciano y habÃa sido marino, pero el barco lo dejó en Tárger, y desde entonces buscaba un empleo. El mismo Carl lo interrogó. Ambos formaban un curioso contraste mientras conversaban delante del carromato donde vivÃan los Brandt. El alsaciano era rubio y era un joven corpulento, con una espesa mata de pelo, tez curtida y ojos azules, sinceros, pero un poco estúpidos. Carl Brandt también era alto, pero delgado, moreno y algo encogido; tenÃa el rostro alargado y macilento y tan amarillo como el marfil. Llevaba, además, una barbita imperial, y sus ojos negros se movÃan siempre febrilmente en sus orbitas. También tenÃa unos dientes agudos y carcomidos. DecÃan que se drogaba, y la verdad es que tenÃa todo el aspecto de un adicto. Mientras los dos hombres estaban hablando, se abrió la puerta del carromato, apareció la señora Brandt y le preguntó a su marido qué es lo que deseaba aquel desconocido. Por aquel entonces ella era una mujer muy notable, hermosa, aunque ya no demasiado joven. De su persona se desprendÃa cierto poder, aunque también cierta gracia. PoseÃa una cabellera negra, azulada, unos rasgos delicados, ojos de gruesos párpados, y una de esas pieles blancas que parecen de leche. No ofrecÃa ningún colorido, porque en ella todo era blanco o negro. Incluso sus labios eran pálidos, como exangües, y nunca se los pintaba, y su cara tenÃa forma de corazón, enmarcada por el negro cabello. En los paÃses cálidos, vestÃa de blanco, y de negro en el Norte, pero jamás llevaba ninguna ropa de color. Apenas miraba a sus interlocutores cuando hablaba, por lo que, cuando lo hacÃa, resultaba sorprendente. Su voz era profunda, baja, y nunca enseñaba los dientes, por lo que la gente se creÃa que los tenÃa en mal estado, como su marido.
Ambos Brandt charlaron con el alsaciano durante unos diez minutos, en pleno sol. Era imposible captar nada, pero alguien consiguió oÃr que el alsaciano insistÃa en asegurar que habÃa sido marino. Finalmente, Carl Brandt se llevó al joven, se reunieron con el jefe de los establos y ordenó a éste que le diera trabajo al muchacho. El alsaciano, por su parte, dijo que se llamaba Anatole, y que estaba acostumbrado a las tareas rudas. Poco después, el Circo se puso en marcha hacia Túnez.
Anatole era un muchacho simpático, de buen humor, y sencillo, que pronto se hizo popular, no solo entre los mozos y peones, sino también entre los artistas más demócratas que para disipar el tedio de los viajes, hacÃan que Anatole entonara canciones, ya que poseÃa una voz excelente. Generalmente, cantaba “Lieder†alemán o canciones de cabaret, pero otras veces nos obsequiaba con algunas baladas impúdicas en un lenguaje para todos, desconocido. En una ocasión, antes del espectáculo de la noche, cuando Anatole estaba entonando una de sus canciones dentro de la carpa, la cortina se abrió de repente dejando entrever el pálido semblante de la señora Brandt.
Instantáneamente, aunque algunos de los que componÃan el limitado auditorio no la habÃan visto, se apoderó de los presentes un curioso malestar. Anatole, que se encontraba de espaldas a la abertura, no tardó en darse cuenta de la tensión que se habÃa apoderado de sus oyentes y, dando media vuelta, calló bruscamente en medio de una estrofa. Todo el mundo se apresuró a alejarse de allÃ, pero la señora Brandt murmuró en voz baja:
-No quiero estropearles su concierto, amigos mÃos. Continúa, Anatole. Estabas cantando una balada estupenda ¿Dónde la aprendiste?
Anatole, de pie respetuosamente ante ella, no dijo nada. La señora Brandt no le miró ni pareció ocuparse más de él pero paseó sus oblicuos ojos por los asientos vacÃos de la carpa de manera muy singular y todos los presentes comprendieron que estaba decidida a obtener una respuesta.
-Aprendà esta canción, señora. Repuso al fin Anatole-, en un mercante portugués, hace varios años.
La señora Brandt no dio muestras de haberle oÃdo.
Después de éste incidente, la mujer comenzó a encargarle a Anatole diversas tareas en su carromato, con el resultado de que el joven le quedó mucho menos tiempo para cantar y para ocuparse de las fieras. Anatole, siempre de buen humor, no tardó en sentir una violenta repulsión hacia su ama, cosa que no les ocultó a sus amigos, que, de todos modos, estaban completamente de acuerdo con él. Todos odiaban a los Brandt, y muchos les temÃan.
*+*+*+*
El circo atravesó España y recorrió AndalucÃa. Algunos artistas lo abandonaron y otros fueron contratados. Carl Brandt siempre encontraba facilidades para reemplazar a los artistas. Diez minutos antes de empezar el espectáculo, enviaba a buscar un trapecista y, señalándole el aparato complicado y pesado colgado de uno de los postes, le ordenaba:
-Quiero que lleves esto al otro lado de la carpa antes de empezar la función.
El artista se echaba a reÃr, pensando que se trataba de una broma del director.
-Y será mejor que te des prisa- añadÃa Brandt.
-¡Es imposible!- protestaba el artista, indignado-. ¿Cómo puedo trasladar mis aparatos en diez minutos?
Entonces, Brandt le miraba burlonamente unos segundos, y al final le decÃa con suavidad:
-Quedas despedido por insubordinación- y se iba a telegrafiar a su agente, pidiéndole un reemplazante.
La señora Brandt se divertÃa burlándose de Anatole. SabÃa que el joven la temÃa, y a ella le complacà mandarlo a buscar, tenerlo de pie en el carromato mientras ella se hacÃa la manicura, o cosÃa, o escribÃa una carta, completamente ajena a su presencia. Al cabo de unos minutos levantaba los ojos, miraba hacia un punto situado por encima de la cabeza de Anatole y le preguntaba, con su suave y lánguida voz, si le gustaba la vida del circo y se sentÃa feliz con ellos. Conversaba con el joven un rato, haciéndole en forma casual diversas preguntas sobre los artistas, y de pronto, le miraba directamente a la cara lanzándole una extraña mirada mientras exclamaba:
-Mejor que ir en barco ¿eh? Aquà te encuentras mucho más a gusto que cuando eras marino ¿verdad?
A veces añadÃa:
-Cuéntame algo de tu vida a bordo, Anatole. ¿Cuáles eran tus deberes y cuál era tu horario?
Cuando ella le despedÃa, el cabello de Anatole siempre estaba empapado de sudor.
*+*+*+*
El Circo Brandt fue remontando gradualmente España hacia las Vascongadas, hasta que la frontera de Francia estuvo a la vista. TenÃa que atravesar Francia para penetrar Bélgica y Holanda y regresar. Los Brandt nunca se quedaban mucho tiempo en una misma nación. Poco antes de que el circo penetrase en territorio francés, Anatole le comunicó al jefe de personal que se marchaba. Anatole era tan buen trabajador y tan popular entre sus compañeros, que el encargado del personal gruñó y fue en busca de Carl Brandt, el cual estuvo de acuerdo en aumentarle el sueldo a Anatole, pero éste se negó a quedarse.
Cuando su esposo le comunicó la noticia, la señora Brandt se hallaba en el carromato.
-Si quieres que el alsaciano se quede, yo lo conseguiré. Deja esto para mÃ- afirmó la mujer. Creo que sé lo que le pasa y, como dices, es un tipo muy útil.
Al dÃa siguiente, hizo que Anatole se presentase en el carromato y, después de no hacerle el menor caso durante cinco minutos, le preguntó directamente por qué querÃa dejarles. Anatole, de pie junto a la puerta, tartamudeó varias excusas.
-¿Por qué?
-Me…me han ofrecido otro empleo.
-¿Mejor que éste?- inquirió ella, reanudando su labor de costura.
-Si, señora.
-Sin embargo- continuó ella con indolencia-, en Ãfrica y en España has sido feliz con nosotros. ¿Por qué no en Francia?
-Señora...
La mujer partió un hilo con los dientes.
-¿Por qué no en Francia, Anatole?
No hubo respuesta.
De repente, ella dejó en el suelo la costura y le miró fijamente clavándole su enervante mirada. Anatole se asustó al descubrir una chispa desconocida en aquellos ojos, una chispa que hablaba de hambre, de ansiedad, como jamás habÃa visto antes. Los ojos de la mujer parecÃan quemarle, como si fuesen unos ojos diabólicos.
-Te diré por qué te asusta Francia, Anatole- prosiguió ella, sin apenas mover los labios- he adivinado tu secreto, amigo mÃo. Tú eres un desertor de la Legión Extranjera y temes que te cojan. Es asà ¿verdad? Oh, no te molestes de mentir; lo sé desde que estuvimos en Ãfrica. Esta es la verdad ¿eh?
El joven sacudió la cabeza, incapaz de hablar y tragando saliva trabajosamente.
Era un dÃa caluroso y él llevaba una camisa de un tejido muy tenue. En un segundo, la mujer dio un salto y se arrojó sobre él, desgarrando la tela con sus dedos. Aterrado, Anatole forcejeó, pero ella ser fue más lista, más violenta. La camisa se rompió en dos pedazos, dejando al descubierto en el pecho del joven los costurones de dos cicatrices.
-¡Heridas de bala!- exclamó ella riéndose-. ¡Un marino mercante con heridas de bala! Yo tenÃa razón ¿eh, Anatole?
El joven tenÃa conciencia, a pesar de su miedo, de una extraña sensación de repulsión ante la proximidad de la mujer.
“Dios mÃo, pensó. Me tiene en su poderâ€.
Y creyó marearse, como muchas personas al ver una serpiente. Y entonces, de modo sorprendente estuvo a salvo. La mujer se separó de él rápidamente volviendo a sentarse y recogiendo la costura.
Su fino oÃdo habÃa captado las pisadas de Carl Brandt. Anatole estaba todavÃa ofuscado y asÃa los dos pedazos de su camisa. Carl penetró en el carromato sin que se notaran sus pisadas que siempre llevaban suelas de goma. Su esposa se dirigió a él con su meliflua voz.
-¿Sabes por qué está aquà Anatole? Me ha dicho por qué no quiere venir a Francia con nosotros. Desertó de la Legión Extranjera. FÃjate en las heridas que tiene en el pecho.
Anatole miró indefenso la alargada y amarillenta cara de Brandt, que lo observó fijamente durante unos instantes.
-Un desertor ¿eh?- dijo por fin riéndose-. ¿Un desertor? Bien, muchacho, no tienes por qué asustarte. Puedes entrar con nosotros en Francia. Allà tienen algo más que hacer que dedicarse a perseguir a los desertores de la Legión. Oh, si, no te ocurrirá nada. Yo te protegeré.
Y continuó observando a Anatole con sus perspicaces ojillos mientras se frotaba las manos. Anatole, para huir de aquella mirada, prometió quedarse. TenÃa la sensación de haberse enfrentado aquella tarde en el carromato, no con una serpiente sino con dos. Y los reptiles le asqueaban. Le habÃa mentido a la señora Brandt respecto a su nuevo empleo, y ahora se sentÃa turbado en su presencia. Era un joven sin imaginación, y los horrores de la Legión le parecÃan muy remotos. Pronto estuvo en Francia, incapaz de pensar que pudiera correr el menor peligro. Y, con enorme complacencia notó que su ama lo ignoraba después de aquella escena. El joven creÃa que la señora Brandt habÃa comprendido por fin que le repugnaba. Y se hubiera sentido completamente feliz, de no saber que ahora tenÃa un enemigo muy peligroso.
*+*+*+*
En el Circo Brandt actuaba como domador de leones un antiguo torero, llamado “Capitán de Silvaâ€. Este individuo no se sentÃa demasiado contento con su nueva situación. Perdió la confianza en sà mismo hacia un año, pero, al actuar con los mismos leones durante diez meses, recuperó parte de su temple. Luego, sin advertirlo, Carl Brandt adquirió un lote de animales y le encargó a Silva que empezase a domarlos enseguida. El domador se puso furioso. ¡Leones, tigres, osos y leopardos! Se encogió de hombros y obedeció. El grupo no tardó en estar prestado para salir a la pista y debutó al cabo de una semana con un éxito enorme.
Luego, una mañana, De Silva se dirigió a las jaulas y encontró a sus fieras en un estado salvaje completamente anormal. Les brotaba espuma por las fauces, rugÃan, gruñÃan, brincaban y no reconocÃan a su domador. Un camarada que estaba a su lado le susurró al oÃdo:
-Ella estuvo aquà anoche.
De Silva se estremeció. En el Circo Brandt corrÃa la leyenda de que siempre que los animales se mostraban inquietos o desasosegados, era que Lya Brandt habÃa recorrido por la noche las jaulas aterrando a los animales, que seguramente sabÃan lo que ella se proponÃa.
El tigre rugió, le contestaron los leones. De Silva se volvió hacia su compañero.
-Me largo. Esta noche no trabajarÃa con estos animales ni por un millón.
Y antes de veinte minutos, el domador se hallaba en la estación del ferrocarril.
Carl Brandt escuchó la noticia en silencio. Luego levantó la mano y golpeó furiosamente en la boca al encargado del personal. Envolviéndose en su capa negra, dejó el despacho y se dirigió hacia su carromato. Su esposa se estaba tomando una taza de café. Se contemplaron en silencio.
-Es De Silva ¿verdad?- preguntó ella.
-Si. Ya se ha ido. ¿Quién se ocupará ahora de las fieras?
Ella apuró la taza y contestó:
-Conozco a varios domadores.
-Lo sé. Pero ya es tarde para llamarlos y que lleguen a tiempo.
-Exactamente- asintió ella, sirviéndose más café-. Pero esto no es un gran obstáculo. ¿No hay nadie entre los empleados que pueda encargarse de las fieras por un par de semanas?
-¿Qué majaderÃa estas diciendo?
La mujer se llevó una mano a los ojos.
-Te olvidas de Anatole. Un legionario que desertó y que se halla en territorio francés. ¿Crees que desobedecerÃa tus órdenes?
Hubo una pausa.
-Haré que venga- sentenció al fin, Brandt.
Callaron mientras aguardaban al alsaciano. Cuando entró, Lya no le miró y empezó a cepillarse las uñas.
Carl Brandt volvió a su amarillento rostro hacia Anatole. TenÃa los ojos muy hundidos y opacos.
-¿Sabes que Da Silva se ha marchado?- le preguntó con amabilidad.
-Si, señor.
-Y ahora nadie puede exhibir a esos animales hasta que contratemos a un nuevo domador.
-Claro, señor.
-No es costumbre mÃa decepcionar al público. Siempre presento lo que anuncio. El nuevo domador tardará en una semana en llegar. Y es precisamente de esta semana de lo que quiero hablarte.
El corazón de Anatole empezó a latirle con fuerza.
-Voy a ascenderte, amigo- le dijo Brandt-. Durante una semana trabajarás con las fieras.
Anatole enrojeció. Se sentÃa furiosamente enfadado, tanto que incluso se desvaneció en él, por completo el temor que le inspiraba la mujer. Sin tener ya conciencia de que estaba allÃ, gritó:
-¿Qué? ¿Quiere usted que yo penetre en la jaula de esos animales? Tendrá que buscar a otro. ¡Yo no lo harÃa ni por una fortuna!
Brandt sonrió mostrando sus carcomidos dientes. Su esposa, con entera indiferencia continuó cepillándose las uñas, de un rojo brillante.
-¿Es que estas en una situación de dictarme órdenes, amigo mÃo?- continuó Brandt-. Tl vez me halle equivocado, pero tengo la impresión de que hora nos hallamos en “territorio francésâ€. Un lugar encantador ¿verdad?
Anatole guardó silencio. De repente, recordó con horror la Legión, el ardiente sol, la suciedad y la brutalidad. También recordó las minas de sal, aquellas criaturas muertas en vida, trabajando de sol a sol, aquellas minas de sal a las que serÃa enviado si le atrapaban. Y se acordó de los animales, tal y como los habÃa visto la última vez: feroces, enloquecidos. Movió la cabeza.
-No soy domador, señor- repitió-. No puede usted obligarme a entrar en la jaula.
Carl Brandt se echó a reÃr. La delicada tez amarillenta se arrugó en mil pliegues. Sacó el reloj.
-Cinco minutos, Anatole para que vengas conmigo a los establos. De lo contrario, llamaré a la policÃa. Y te aconsejo que escojas las fieras. Incluso el vientre de un león es preferible a las minas de sal de Ãfrica. Pero puedes elegir.
La señora Brandt, rompiendo en dos un palillo para uñas color naranja, intervino en la conversación.
-No, Anatole, no podrás huir esta noche. Herr Direktor se tomarÃa grandes molestias para encontrarte. Herr Direktor no protege a los criminales.
Otra vez le miró directamente a los ojos con aquella ardiente y penetrante mirada que lo atravesaba como una espada.
Brandt volvió a consultar su reloj.
-Te lo recuerdo, Anatole, que solo tienes dos minutos. ¿Cuántos años serviste en la Legión? Y supongo que a los desertores los condenan a ocho años en las minas de sal… ¿o quizá más?
-Actuaré con las fieras- decidió Anatole.
SabÃa que Lya Brandt leÃa su pensamiento y se enjugó el sudor de la frente mientras iban hacia las jaulas. No era posible que las fieras actuasen la primera sesión, pero se le comunicó al público que los felinos se presentarÃan sin falta por la noche. Anatole tuvo que pasarse toda la tarde ensayando con las bestias.
Cuando se encerró en la jaula, tenÃa el rostro ceniciento. No llevaba más que el látigo. AL otro lado de los barrotes, habÃa dos guardianes con revólveres cargados. También ellos estaban nerviosos. Los animales contemplaron inmóviles a aquel desconocido, erguida la cabeza, los amarillos ojos fijos en él. En torno a la jaula habÃa varios pedestales de madera pintada, sobre los que los animales tenÃan que colocarse cuando se les ordenara una voz. El alsaciano dio la orden. Los animales no se movieron. La repitió más enérgicamente golpeando los barrotes con el látigo y todas las fieras se apresuraron a ocupar sus respectivos sitios. Luego sacó el aro con el cÃrculo de papel a través del cual tenÃan que saltar los leones. Gruñeron durante unos segundos, pero al final se convencieron de que tenÃan que obedecer y saltaron concierta gracia a través del aro. Los dos guardianes, lo mismo que Anatole, estaban empapados de sudor, como si se hubiesen metido en una piscina. Sin embargo, el alsaciano tenÃa ya más confianza. Se volvió de nuevo hacia los felinos.
Veinte minutos más tarde, Carl Brandt volvió al carromato.
-Mejor de lo que esperaba- le dijo a su esposa. Esta no contestó ni volvió la cabeza.
Aquella noche le entregaron al alsaciano un espléndido uniforme compuesto de una guerrera azul celeste y unos calzones colorados, procedentes de la guardarropÃa del circo. Sus compañeros le miraban con simpatÃa. Uno o dos, que desconocÃan sus antecedentes, le aconsejaron que desafiase a Carl y huyese de la carpa. Anatole se limitó a mover la cabeza, sin dar más explicaciones.
AnochecÃa. La orquesta, que lucÃa magnÃfica con sus músicos vestidos con uniforme verde y oro, atacó la abertura bajo la carpa. Unos payasos, llevando trajes multicolores, aguardaban el instante de hacer su cómica aparición. Detrás de los payasos, saltaron a la vista seis o siete botones que trataban de dominar a veinte corceles árabes, blancos como la leche, de airosas crines y largas colas. Los caballos ostentaban unos primorosos arneses escarlata. El grupo chino, con kimonos negros sobre unas túnicas de brocado, diligentemente ensayó junto a la jaula del oso. Anatole estaba sentado sobre una bala de heno cerca de los tigres, sordo a todas las advertencias y consejos que le susurraban al oÃdo compañeros. La función continuó.
En lo más alto de la carpa, dos jóvenes musculosos saltaban de trapecio a trapecio con gracia y rapidez. Abajo, los ayudantes armaban velozmente la jaula de las fieras, ensamblando las distintas partes. La orquesta atacó una nueva pieza, y Anatole, el legionario, penetró en la jaula, saludando modestamente cuando el público lo recibió con aplausos. Después, un portillo de hierro se abrió en un costado y por un largo túnel fueron apareciendo unas formas felinas.
Leones, tigres, osos y leopardos. Graciosamente, pateaban sobre la arena, estirándose, frotando su piel contra los barrotes, bostezando ante las brillantes luces, enseñando sus afilados colmillos y dando vueltas con la agilidad de un gato.
Asiendo su látigo, Anatole lanzó su primera voz de mando. Un instante después, todos los animales se hallaban sentados en sus respectivos pedestales de madera. Anatole exhibió el aro. Al principio, el auditorio contuvo la respiración, aunque, a medida que iban transcurriendo los minutos, todos se sosegaron. El domador era muy bueno. La gente suspiró aliviada. La apoteosis de la actuación consistÃa en un cuadro durante el cual los animales se agrupaban, erguidos sobre las patas traseras, en torno al domador, que se encaramaba a un pedestal con el brazo en alto para dominar mejor a las fieras. El tigre de más tamaño se tendÃa a sus pies durante el cuadro plástico, y mientras, los demás animales volvÃa a tomar las posiciones acostumbradas sobre sus pedestales pero el tigre se mostraba siempre remiso y tardaba en moverse.
Con los leopardos y leones ya en posición, Anatole puso un pie en el pedestal, y le lanzó un grito seco al tigre, que le miraba torvamente. Transcurrió un segundo, que a los espectadores y a la gente del circo les pareció un minuto. El tigre continuaba sin moverse, y Anatole, aporreando con el látigo los barrotes, le señaló obstinadamente el suelo a sus pies.
Estaba de espaldas a la entrada de la pista y no pudo ver cómo los botones y asistentes se apartaban respetuosamente para darle paso a alguien que llegaba a través de los rojos cortinajes. Sus compañeros si lo advirtieron y empezaron a darse codazos porque la señora Brandt casi nunca se asomaba a la pista durante la representación. La mujer permaneció unos instantes junto a la cortina, rÃgida y erguida dentro de su vestido blanco y con su pálido rostro destacándose contra la densa negrura de su cabello.
Y entonces, de pronto, se produjo un gran alboroto en la jaula y rugieron ferozmente todas las fieras que saltaron de sus pedestales y se arrojaron furiosamente contra los barrotes. Cogido por sorpresa, Anatole se volvió, golpeando con el látigo, olvidándose del tigre que quedaba a sus espaldas. Un leopardo, enloquecido de repente, chocó con él, tirándolo al suelo. Y con la rapidez de todos los de su especie, el enorme tigre saltó. Se oyó un grito ahogado, un alarido de terror que surgÃa de la multitud, y sonaron dos disparos de revólver. Armados con mangueras, los encargados de los animales les obligaron a retroceder. El tigre estaba herido en una pata y escarbaba el suelo mordiéndose a sà mismo en un frenesà de dolor.
Anatole se hallaba doblado sobre sà mismo en el suelo como un muñeco de trapo. Por la guerrera del uniforme se iba extendiendo un reguero de sangre. ¿Y su rostro? Anatole ya no tenÃa rostro, sino solo una enorme herida, un ensangrentado boquete. Después de abrir una puerta lateral, sacaron su cuerpo de la jaula y rápidamente lo envolvieron en la carpa de un acróbata chino. Gritando, llorando, maldiciendo, la horrorizada concurrencia se atropellaba hacia la salida para abandonar la carpa. Entre el ruido y el tumulto, la señora Brandt se deslizó por entre los cortinajes rojos y se desvaneció como una sombra.
*+*+*+*
Por la noche, el cadáver quedó tendido en una lona del vestuario de los payasos. La gente del circo siempre se retiraba tarde a descansar, pero aquella noche, a la una todavÃa habÃa gente en la carpa del circo Brandt. Poco después, todo quedó en silencio. Sólo el vigilante nocturno, un individuo estólido y poco imaginativo, comenzó a pasearse lentamente arriba y abajo balanceando su linterna mientras de vez en cuando un león gemÃa o rugÃa perturbando el silencio de la madrugada.
Fue el vigilante, no obstante, quien más tarde les relató a sus compañeros lo que observó durante su vela de aquella noche. Faltaba una hora para amanecer, y el vigilante se hallaba sentado sobre una bala de heno, pensado con alivio que la noche estaba ya terminándose, cuando de repente su oÃdo captó unas suaves pisadas que iban aproximándose. Se volvió y escondió la linterna debajo de su capote. Era la señora Brandt, naturalmente, andando despacio, como una sonámbula, la que cruzaba la pista hacia los vestuarios, no pareciendo más tangible que una sombra, una sombra blanca que relució un instante en las tinieblas, y luego desapareció tragada por la oscuridad de la noche. El vigilante era un tipo valiente, con tendencia a mostrarse curioso. Se quitó los zapatos y siguió a la mujer.
La señora Brandt se dirigió directamente al vestuario donde yacÃa el cadáver del legionario. El vigilante no se atrevÃa a sacar la linterna, por lo que le resultó bastante difÃcil distinguir lo que estaba sucediendo, aunque sin embargo, lo divisó todo en medio de la oscuridad. Si, vio una sombra blanca arrodillada en el suelo, junto a una forma inmóvil; la mujer forcejeó de pronto con algún pedazo de tela, como tratando de apartar la sábana que cubrÃa el cadáver. Luego de haber conseguido su propósito, permaneció inmóvil unos instantes, mirando al muerto; a esa inmovilidad que solo duró un segundo, siguió una súbita reacción lo más horrible de todo lo que el vigilante habÃa visto hasta entonces; ya que el cuerpo de la mujer mostró toda la ferocidad de la fiera hambrienta al arrojarse sobre el cadáver mientras acercaba su sedienta boca a la destrozada garganta…y aquel mismo instante, los leones, los tigres y los leopardos de las jaulas, rompieron el silencio nocturno con un estallido de rugidos y lamentos inenarrables.
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-Si- añadió el prestidigitador después de una pausa-, todos querÃamos a Anatole. Era un buen compañero, aunque probablemente hubiese sido un asesino, y, con toda seguridad, un ladrón. Pero en el Circo Brandt, todo esto no se tomaba en cuenta.
-¿Dónde está ahora el Circo Brandt?- inquirà tras una nueva pausa.
Se encogió de hombros.
-En Polonia, o tal vez en Perú ¿Cómo puedo saberlo? Los Brandt son gitanos, son nómadas. Hoy aquà y mañana allÃ. Posiblemente viajen tan de prisa porque siempre tengan que huir de algo. Ah, pero el diablo tiene la admirable costumbre de velar por sus amigos.
Callé, ya que estaba pensando en Lya Brandt y Anatole. De pronto, me sentà mareado.
-Bueno- dije- ¿le importarÃa que por unos momentos dejásemos de hablar del Circo de Satanás?