Bueno, como dije me dedico a escribir. Soy aprendiz de escritor y me esfuerzo, aunque no siempre me salen bien los relatos. En fin, aquà tengo la intención de postear algunos cuentitos periódicamente. Esos que dejé en alguno que otro sitio de internet. Sólo no se me vayan a espantar... xDDD... algunos son densos.
Empiezo con mi cuento más bukowskiano (es decir, a lo Charles Bukowsky) y basado en algo que sà pasó... xDDD, no es mera ficción literaria. Ahà vamos.
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Verdades inéditas I, Inútil espera
DÃa flojo de trabajo, salà de la oficina con pocos ánimos de existir demasiado. Pensaba en Bukoswky y la facilidad que tiene para desagradar a la gente, conozco pocos colegas del mundo de la literatura que lo soporten, menos que lo entiendan; me entremezclo tan fácilmente con gente como él, que pronto entendà qua hay demasiados “Bukoswskys†en el mundo, igual de insoportables e insufribles.
Avenida Arce, ciudad de La Paz, Bolivia. Estaba parado frente al Multicine, centro comercial muy frecuentado por jóvenes, púberes y adolescentes. Me paré en la puerta del centro comercial, encendà un cigarrillo y empecé a esperar a la persona que me citó para ver una pelÃcula. Ella querÃa ver “The Avengersâ€. Me rehusaba a ver ese proyecto, pero terminé convencido por una sonrisa mÃnima.
Y allà estaba yo, con mi traje de pasante universitario, fuera del trabajo a una hora anormal y esperando a una chica. Miré en derredor, habÃa grupos de muchachos y muchachas haciendo el tÃpico escándalo de quienes se divierten, todos tenÃan dos cosas en común: eran flacos y de raza blanca. En el estacionamiento habÃa autos aguardando a los chicos que me rodeaban, en algunos casos eran los padres, saliendo de su turno del trabajo para recoger a sus hijos, o hijas. Mientras miraba a la “bonita†gente pudiente de la burguesÃa paceña, un andrajoso vagabundo se me acercó y me pidió dinero; no pude hacer más que sonreÃrle y ofrecerle un cigarrillo, el sujeto agradeció y se fue. Miraba al oscuro vagabundo irse cuando noté las insólitas expresiones de asco de los niños que me rodeaban, no sé si sintieron náuseas del vagabundo, o de mi actitud hacia él; sospecho que sólo sintieron asco de mi fea cara y mi expresión de psicópata peligroso.
Seguà esperando, ella estaba retrasada. Vi a una joven parejita pararse a mi lado, de toda la plaza del centro comercial se tenÃan que parar justo a mi lado. Niño y niña estaban tomados de la mano. CompartÃan un helado mientras el chiquillo le decÃa cosas bastante pusilánimes a quien, por deducción, pensé serÃa su noviecita. Recordé el libro que publiqué el año pasado, el amor de cachorros, y sonreà para mis adentros. El muchacho se alejó un momento para comprar no sé qué y la niña me miró de reojo; desvié la mirada, ella me preguntó la hora, “cinco y mediaâ€, dije, “no le hablaba a ustedâ€, respondió; noté que le hablaba a un sujeto que estaba detrás mÃo, imaginé que era su padre. El tipo me miró como si fuera un pedófilo violador y la chiquilla como si fuera algo que se sacó del trasero. Cuando regresó el muchacho, los tres se fueron muy felices en una camioneta Durango; sentà asco de las familias.
Pasó otro vagabundo, me pidió dinero, le di otro cigarrillo; el sujeto se fue, sonriendo. SeguÃa esperando, cuando lo noté ya me habÃa quedado dos horas parado allÃ. En ese tiempo, un policÃa me obligó a alejarme del cajero automático porque debÃan cambiarle el dinero. Otra mirada de inmundicia, esta vez procedente de un traje verde olivo y una escopeta en las manos. También se topó conmigo un hombre de traje, notoriamente caucásico y yo creo que israelita, ni siquiera se disculpó por haberme atropellado. Un par de cholitas, de raza aymara, me pidieron irme más lejos porque tapaba sus puestos de venta. Cerca de donde me aposté fui desalojado por un técnico de raza negra, que querÃa arreglar las conexiones telefónicas, justo donde estaba parado. Terminé sentado en una banqueta, soportando las ambrosÃas amorosas que un par de adolescentes salpicaba sobre mi irritada mente.
Ya habÃan pasado dos horas y media, miré el reloj y mi cita no llegaba. Encendà otro cigarrillo y entonces la flama del mechero me hizo notar algo importante: “No tenÃa tal cita porque la chica que me citó no existÃa, en primer lugar. Eso lo inventé para evitar que mi jefe me diera trabajo extraâ€. Reà por lo patético que me sentÃ, abandoné el centro comercial y fui a casa a destapar un vodka, añoré el boxeo, pero esta noche le toca su turno al piano[/justify]