[justify]Esta va ser tremenda parrafada, dudo que alguien termine de leer este post, pero lo dejo acá para que los motores de búsqueda hagan su trabajo.
De algún modo intuÃa que este tema habrÃa de virar tarde o temprano sobre el debate de la pedofilia y la pederastÃa. Me alegro que Teru lo haya abordado y quiero poner algunos puntos de manifiesto con relación al tópico, si el dios Google me ayuda a que esto sea leÃdo por quienes sà necesitan orientación en el tema, pues dormiré en paz cuando termine mi aporte en este hilo y pueda regresar a casa a tomarme un vaso de Jack Daniels.
Hace años —antes de mis dÃas en Todoketai— tuve la, como decirlo, suerte dadaÃsta de conocer a una persona confesa y orgullosa de experimentar sentimientos eróticos y románticos hacia niñas menores de 14 años, más que todo hacia una chica en concreto. Mi amigo tenÃa como 36 años cuando lo conocÃ, yo tenÃa 17. En ese entonces no sabÃa muy bien el significado de la palabra pedofilia, sabÃa lo mismo que cualquiera. Por temas de rencor personal no me importaba ni su semiótica, su sintaxis, morfologÃa o etimologÃa. Eso sÃ, sabÃa perfectamente bien lo que era un violador; vi a una de mis amigas más entrañables caer en las garras lúdicas de su padre y perder todo retazo de cordura ante los constantes abusos sexuales que ella jamás denunció, hasta su deceso. Empero mi rabia contra los que yo asimilaba como pedófilos, jamás dejé mi frustración del prejuicio opresivo desencadenarse contra aquel buen amigo mÃo que profesaba un extraño amor platónico hacia una niña que podÃa ser su hija. Lo curioso es que él jamás conoció a su objeto de noches en vela, eso lo supe tiempo después. Era raro verlo llevarse tan bien con niños y niñas de su trabajo sabiendo que sus tendencias sexuales podrÃan representar un peligro para los pequeños. Finalmente la policÃa se lo llevó un dÃa, pero no bajo acusaciones de abuso sexual, como cualquier podrÃa suponer, sino por asuntos de evasión de impuestos en su paÃs de origen. Supe que él falleció años después en una celda en su paÃs natal, se colgó sin dejar siquiera una carta de despedida.
Recuerdo que antes de su extradición él y yo conversamos toda una noche durante una de mis primeras farras con “borrado de pelÃcula†incluido. Aunque no logro recordar cómo acabé en mi cama y con sangre ajena en la camisa, jamás olvidé todo lo que hablé con él ese dÃa. Esa conversación marcó mi vida para siempre y entre el dolor de la pérdida de una amiga en manos de un vil violador y el triste adiós de otro amigo que fue como mi maestro en las artes del sentido común, decidà indagar por la respuesta a una pregunta que no terminaba de cuadrar en mi mente: ¿qué es realmente un pedófilo?
Me tomó 5 años de búsqueda y estudio llegar a la respuesta. Invertà esfuerzo, tiempo, dinero y muchos sacrificios para comprender cómo era posible que una persona con confesos sentimientos “románticos y eróticos†hacia niñas púberes pudiera haber sido encarcelado por cualquier otra razón menos por abusos sexuales. ¿Deuda impositiva?, ¡por favor!, hasta a Capone le cargaron la trampa y sin darme cuenta me vi preso de mis propias promesas a un muerto. Cuando finalmente hilvané todos los elementos y estudié a fondo la bibliografÃa obtenida, con los resultados escribà una novela que llevó como 2 años de mi nada pintoresca vida acabar; y eso que aún la estoy editando. En resumen, lo que aprendà fue lo siguiente:
El asunto de la pedofilia no es simplemente una parafilia o una enfermedad. No es algo que pueda combatirse con leyes cada vez más rÃgidas. No existe forma legislativa de luchar contra la pedofilia porque simplemente se trata de una caracterÃstica psÃquica que afecta a 5 de cada 10 hombres en el mundo occidental y quizás sea un volumen mayor en el mundo oriental. En palabras del Dr. Bismarck Pinto, “el único modo de tratar la pedofilia es el apoyo de la familia y una terapia adecuadaâ€.
Un pedófilo puede no ser un violador y un violador puede no ser pedófilo. La patologÃa del violador infantil tiene orÃgenes que no siempre están relacionados a la premeditación del acto de abuso contra los niños o las niñas; mucho menos al placer sexual o peor aún al romance. Evidentemente existe una falta de conocimiento de las causas que pueden llevar a un violador infantil a cometer sus terribles abusos. Pero entre las más probables, aparte del sÃndrome post-traumático de ser vÃctima, abuso de drogas y alcohol, y la violencia escolar y familiar, se encuentra el propio diseño psÃquico del violador el cual no puede determinarse sino hasta que es demasiado tarde.
Ahora veamos esto con un ojo todavÃa más empÃrico y preguntémonos de nuevo: ¿Qué lleva a que una persona se comporte como un agresor sexual? Su perfil señala mayor probabilidad de varones que mujeres (80 a 92%) sobre todo cuando la vÃctima es mujer (González, MartÃnez, Leyton y Bardi, 2004). En un estudio efectuado en prisioneros de la cárcel de Pereiro de Aguiar (España) se encontró que los delincuentes sexuales de mujeres adultas presentan más sÃntomas de hostilidad, mientras que en los abusadores de menores se detectan más sÃntomas de ansiedad fóbica (Castro, López y Sueiro, 2009). El ofensor sexual tampoco se enmarca dentro de los cánones esperados del placer sexual, sino que lo reforzador es la sensación de poder y control (Madanes, 1993, Rambo, 2009). La conducta violenta no debe ser reducida a la respuesta sexual del agresor porque importa el contexto relacional donde se produce. La vÃctima se siente traicionada porque fue engañada por alguien en quien confiaba ya que la mayorÃa de agresores/as pertenecen al entorno cercano de la vÃctima, como por ejemplo en un estudio llevado a cabo en Chile se indica que las personas que perpetraron el acto criminal fueron: figuras paternas (38,04%), miembros de la familia extensa (29,19%) o conocidos de la vÃctima (17,70%) (En: Lameiras, Carrera y Failde, 2008) datos que coinciden con estadÃsticas internacionales (May-Chahl, y Cawson, 2005). ¿El agresor sexual responde necesariamente a un perfil de personalidad? El estudio de Maffioleti y Rutte (2008) plantea un rotundo no, porque los datos que obtuvieron en una muestra de 70 ofensores sexuales en Chile muestran que no es posible identificar factores psicosociales ni de personalidad que por sà solos sean tÃpicos de los agresores sexuales. Si bien es posible identificar una falta en el control de los impulsos, eso no significa que los agresores sexuales no hayan podido adaptarse al medio en el que vivÃan antes de manifestar la conducta violenta.
Si los determinantes de la agresión sexual no se refieren necesariamente a un prototipo de personalidad, el otro factor en juego es el biológico. Marshal (2001) señala que pocos estudios han encontrado una relación significativa entre la presencia de una hormona (eventualmente la testosterona) con los delitos sexuales, los que sà encontraron alguna relación la establecen entre el 5 al 15%. Dabbs es uno de los más interesados en el estudio de la testosterona y su relación con el comportamiento humano, después de muchas investigaciones y revisiones de artÃculos cientÃficos sobre el tema, concluye que es evidente que la testosterona se relaciona con el comportamiento sexual pero que la relación no es precisamente clara (Dabbs, 2002, pág. 121). Dabbs, Carr, Frady y Riad (1995) revisan los niveles de testosterona en setecientos reclusos estadounidenses y obtiene “registros atemorizantes†en aquellos con más altos niveles de testosterona, pues eran autores de crÃmenes crueles (violación, abuso infantil, homicidio, asalto y robo). Estos reclusos estaban involucrados en comportamientos destructores y combativos dentro del penal, los guardias los identificaban con los más peligrosos. Uno de cada veinte prisioneros es mujer, por lo que Dabbs, Ruback, Frady, Hooper y Sgoutas (1988) sus colaboradores investigan el nivel de testosterona de 171 prisioneras, encontrando una relación significativa entre los niveles altos de testosterona y el crimen violento. Dabbs indica, por ejemplo, que tanto los varones con altos niveles de testosterona como aquellos con bajos manifiestan satisfacción en su vida sexual.
Lo más significativo tiene que ver con que los varones con niveles de testosterona superiores al promedio manifiestan mayor variabilidad en su vida sexual (ob.cit.) Podemos concluir entonces, que la testosterona se relaciona con el comportamiento violento pero que no es posible aseverar lo mismo en relación al comportamiento sexual. Se han planteado como alternativas de prevención la castración quirúrgica y la inhibición de la testosterona. La primera es una operación irreversible, mientras que la segunda es reversible (Rösler y Witztum, 1998) Se ha usado la Depo-Provera (una forma sintética de la progesterona) para inhibir la producción de testosterona, es lo que se denomina “castración quÃmicaâ€. Lemonick (1997) plantea que los estudios europeos acerca de la eficacia del método en la disminución del crimen deben ser revisados debido a que las personas sometidas a la Depo-Provera fueron criminales voluntarios para ser castrados, lo que las convierte en personas inusuales. “Cuando la castración quÃmica funciona, lo hace al disminuir la violencia general de un recluso más que disminuir su interés en el sexo†(Debbs, ob.cit., pág. 121). Otro problema en la elaboración de conclusiones sobre la testosterona y su influencia en el comportamiento sexual es que esta hormona incrementa la frecuencia de relaciones sexuales, pero a su vez, las relaciones sexuales incrementan la producción de la testosterona. ¿Qué es primero, el huevo o la gallina? Aún más, la anticipación del comportamiento sexual incrementa la testosterona (Debbs, ob.cit.). Por su parte, Fitzgerald (1990) promueve el uso de la Medroxiprogesterona acetato (MPA) como un recurso idóneo para la disminución del crimen puesto que disminuye el deseo sexual del agresor sexual permitiéndole seguir con el programa terapéutico de rehabilitación, además que no viola la integridad del acusado al no generarle ningún daño cruel. Guimón (2007) expresa que la mayor dificultad en la aplicación de los inhibidores de la testosterona es que resulta difÃcil diferenciar la parafilia o variación sexual atÃpica (ejemplo: sado masoquismo, voyeurismo, fetichismo, etc.) de la agresión sexual, principalmente porque su definición ha sido distinta en la historia y culturas. Es imprescindible diferenciar el deseo “desviado†del parafÃlico del impulso incontrolable del ofensor sexual. Las caracterÃsticas del agresor sexual pueden referirse a perfiles parafÃlicos, trastornos de personalidad, trastornos de ansiedad o psicopatologÃas graves. Malamuth (2003) plantea que la conducta coercitiva sexual se presenta en una amplia gama de personalidades, en las que se superponen los rasgos de distintos cuadros psicopatológicos; los criminales y los no criminales poseen – a pesar del sentido común- caracterÃsticas similares. En otro estudio, el mismo autor encontró que en los criminales sexuales el interés por la pornografÃa es un factor que incrementa la probabilidad de la acción sexual delictiva, sin embargo no todos los consumidores de material pornográfico son agresores sexuales (Vega y Malamuth, (2007). También se estableció que los agresores sexuales cometieron a menudo otros varios actos antisociales además de la agresión sexual, mientras que los no criminales presentaban indicadores de personalidad antisocial pero que nunca derivó en conductas sexuales violentas (Vega y Malamuth, ob.cit.). La directora del Instituto de PsicologÃa Forense de Granada (España) ha manifestado que “la mayorÃa de los violadores no tienen un problema sexual, sino que utilizan la agresión sexual como medio para expresar su violencia†(En: Smik, 2010). Por lo tanto, el tratamiento hormonal sólo se aplica a aquellos delincuentes sexuales que poseen patrones sexuales anormales, según las estadÃsticas, al 10% de los agresores sexuales, para el resto lo mejor es la psicoterapia dirigida a resolver los problemas de hostilidad, control de impulsos y baja autoestima (Smik, ob.cit.). A pesar de no haberse resuelto la polémica en relación al uso de los inhibidores de la testosterona, la provincia de Mendoza en la Argentina procedió con su aplicación debido principalmente al argumento de la reincidencia de los violadores, aunque estos criminales no tienen la obligación de someterse a este programa pero quienes se nieguen perderán la posibilidad de reducir sus condenas y de obtener libertad condicional (Smik, 2010b). Estudios realizados en Estados Unidos, España y Francia demuestran que la reincidencia de violaciones disminuye en 60% (Smik, ob.cit.). Sin embargo la inhibición de la testosterona no afecta otros aspectos de la coacción sexual como el deseo de amenazar al otro. Por otra parte, se presentan efectos secundarios (v.g., crecimiento del vello corporal, acné crónico). En Francia se vio que después de tres a cuatro semanas los niveles de testosterona se volvÃan a equilibrar luego del tratamiento con inhibidores, para después presentarse una disminución notable del deseo sexual (Lissardy, 2009). El uso de inhibidores hormonales no es suficiente en el tratamiento de los agresores sexuales (Briken, Hill y Berner, 2003). Olver y Wong (2009) investigan la eficacia de los programas terapéuticos aplicados a 156 prisioneros diagnosticados como psicópatas en cárceles federales de los Estados Unidos, encontrando que en general, los resultados sugieren que, dada las intervenciones de tratamiento apropiadas, los delincuentes sexuales con importantes rasgos psicopáticos pueden mantenerse en un programa de tratamiento institucional y las mejoras pueden reducir el riesgo tanto para la reincidencia sexual y violencia. El senado Francés presentó un estudio donde se refiere que en Alemania, Bélgica, Dinamarca, España, Gran Bretaña y Suecia el tratamiento puede aplicarse a ciertos delincuentes si lo aceptan voluntariamente. Sin embargo, hubo oposición al planteamiento francés, principalmente porque se está atentando contra los derechos humanos. Se plantea la decisión voluntaria del recluso al mismo tiempo que se la amenaza con la pérdida de ciertos beneficios. Finalmente, se considera el proyecto como una medida polÃtica que no considera los factores sociales inmersos en la problemática (Lissardy, ob.cit.).
Partiendo de que la probabilidad de coacción sexual es mayor entre miembros de la familia, el problema deberÃa considerar los factores familiares responsables. Perrone (1997) plantea que el abuso sexual en las familias reconstituidas y las monoparentales son las que tienen más probabilidades de fomentar contextos de coacción. El padre por lo general responde al siguiente perfil: reservado, poco asertivo, con vÃnculos relacionales pseudo igualitaristas o bien se sitúa en el otro extremo: violento con rasgos sádico-depredadores. La madre suele responder al siguiente perfil: inmadura, ambivalente, defensora de la unión familiar, niegan aquello que contradice su visión de familia y justifican todo lo que lo confirma (Perrone, ob,cit.) Linares (2002) valora los estudios acerca de los trastornos de apego y los enfoques ecosistémicos en la relación con la coacción sexual. Señala que los criminales sexuales pueden ser carentes de emociones inhibitorias y los desprovistos de una ley social de prohibición. Estos últimos pueden a su vez subdividirse entre los que justifican el abuso y los que fueron criados en contextos que no censuraban explÃcitamente la actividad sexual coercitiva. Barudy (1998) describe al padre abusador como perteneciente a uno de los dos grupos siguientes: el padre regresivo que vincula su coerción incestuosa con crisis existenciales y el obsesivo pederasta crónico que tiende más al abuso extrafamiliar. La madre puede pertenecer a uno de tres grupos: aquella que rechaza y niega la presencia del incesto, la que es cómplice indirecta porque comparte aspectos de la visión del mundo del esposo, y la cómplice directa que instiga o participa en la coacción. La familia donde se produce el incesto se caracteriza por su disfuncionalidad ; la misma puede producirse en el ámbito conyugal o parental, o bien no existe armonÃa en la relación de los esposos o en la función protectora de los padres. Linares (2002) establece tres áreas de maltrato: la triangulación, la deprivación y el caos familiar. La triangulación hace referencia al involucramiento de los hijos en los conflictos conyugales (Pinto, 2005). La deprivación es la consecuencia del deterioro de las funciones parentales, deriva en el desinterés o la hostilidad hacia los hijos. El caos familiar es el resultado de la desorganización conyugal y parental propiciando una familia multiproblemática, donde se producen diversos fenómenos: emigración, precariedad laboral, prostitución, alcoholismo, etc., consecuentes todos ellos con la negligencia en el cuidado de los hijos (Linares, ob.cit.). La coacción sexual se produce en un contexto conformado principalmente por el agresor, la vÃctima, la familia de la vÃctima y el entorno social (Laughlin y Warner, 2009). Se trata de un ecosistema social donde el dolor ocasionado por el ofensor sexual no solamente atañe a su vÃctima sino al entono social. Por ello es imprescindible considerar las secuelas del abuso en los sentimientos de responsabilidad de los componentes sociales involucrados afectivamente con los actores principales del hecho. Existen cuatro dimensiones en la interacción familiar que corresponden al desarrollo emocional y espiritual de los miembros de la familia. En primer lugar se encuentra la dimensión donde las personas se esfuerzan para controlar su propia vida y la de los demás, es un lugar donde los miembros de la familia luchan entre sà para diferenciarse y ganar poder. La segunda dimensión se refiere al deseo de ser amado, se lucha para procurar atención y cuidados. La tercera tiene que ver con la necesidad de amar y proteger a los otros, obliga a establecer lÃmites para no promover la intrusión, a mayor amor recibido más intensa es la necesidad de proteger a quien prodiga dicho amor. La cuarta dimensión se refiere al arrepentimiento y el perdón, es un lugar donde los miembros de la familia están dispuestos a reconocer los errores propios y ajenos, y donde se plantea la necesidad de perdonar (Madanes, 1993) Cuando se presenta el abuso sexual interno a la familia o externo, las cuatro dimensiones de la interacción se ven afectadas. Todos sienten que se ha fracasado en el afán de amar y ser amados, no se ha conseguido proteger por lo que se activa intensamente la cuarta dimensión: la necesidad del arrepentimiento y el perdón. Si no se ha reparado el dolor ocasionado por el abuso, toda la familia y no solamente la vÃctima sentirán los efectos de la experiencia a largo plazo. Se trata de efectos que lo invaden todo: el sentido de identidad, las relaciones con los demás, el amor, la sexualidad, la relación con los hijos, el trabajo y el equilibrio mental (Bass y Davis, 1995). El dolor del cuerpo es secundario al sufrimiento del espÃritu: “…estuvo mal hecho porque provocó un dolor espiritual a la vÃctima†(Madanes, ob.cit., pág. 65). No importa cuál sea la religión o la cultura de la familia y la vÃctima, una coacción sexual es una violación del espÃritu de la persona, se produce un dolor espiritual que impide la posibilidad de seguir viviendo. El dolor fÃsico tiene un lugar donde duele, el dolor espiritual no. Algo se ha perdido, duele, pero no se sabe qué ni dónde (Boss, 2002). El ofensor sexual por lo general niega su conducta abusiva o culpa a los demás por sus actos. El proceso terapéutico se inicia con la confrontación de su responsabilidad, ayudarlos a comprender los motivos que le llevaron a cometer la conducta violenta, las consecuencias de lo que hicieron en la vÃctima y en quienes la aman, el efecto y sus propios seres queridos, promover el arrepentimiento y la necesidad de perdón, buscar alternativas para promover la reparación, alentar el desarrollo de mayor estima y respeto (Elms, 2002). Borduin y sus colegas (Borduin, Henggeler, Blaske, y Stein, 1990) mostraron un nivel de efectividad del 12,5% en la aplicación de Terapia Multisistémica (TMS) en relación al 75% de personas que volvieron a ser detenidas por delitos sexuales en tres años de seguimiento. Un segundo estudio, (Borduin, Schaeffer, y Heiblum, 2009) incluyó a 48 menores delincuentes sexuales al azar que fueron sometidos a la TMS. Ocho años y nueve meses después del tratamiento se observó que los participantes fueron significativamente menos propensos que sus contrapartes a cometer delitos sexuales (8% vs 46%) y no sexual (29% vs 58%). Letourneau, Henggeler, Borduin, Schewe, McCart, Chapman, Saldana (2009) presentan un estudio de eficacia donde comparan la TMS adaptada para los menores delincuentes sexuales con los servicios tÃpicos de las previstas para los menores delincuentes sexuales en la juventud estadounidense. Fueron asignados al azar a la TMS 67 jóvenes agresores y al tratamiento habitual 60 adolescentes. Los resultados doce meses después fueron evaluados para identificar la presencia de problemas de comportamiento agresivo sexual. En relación con los jóvenes que recibieron apoyo con TMS se evidencia una reducción significativa en los problemas de comportamiento sexual, delincuencia y consumo de sustancias. Los resultados sugieren que la familia y las intervenciones que recurren a la comunidad, se manifiestan como una promesa considerable para satisfacer las necesidades clÃnicas de los delincuentes sexuales. El principal problema de la terapia aplicada a los agresores sexuales es la asistencia y llegada al término del tratamiento psicoterapéutico, por ejemplo, Larochelle, Diguer, Laverdière, Gamache, Greenman y Descôteaux, (2010) establecieron que el 40% de cincuenta abusadores sexuales de niños abandonaron un programa de tratamiento cognitivo conductual estimado en 65 sesiones. Luego vieron que aquellos que no cumplieron con el tratamiento respondÃan a estructuras de personalidad antisociales. Langevin (2006) en un estudio llevado a cabo sobre 778 varones recluidos por abuso sexual, encontró que el 50,6% manifestó interés en la psicoterapia, de los cuales el 42 % asistieron a algún programa de tratamiento psicológico y 13,6 % completaron el programa. Lo que muestra una vez más la pluralidad de factores que inciden en las caracterÃsticas de los agresores sexuales. No es posible afirmar tácitamente qué tipo de tratamiento es el más conveniente, puesto que depende de distintas condiciones que no solamente involucran a la personalidad del agresor sino a las circunstancias del hecho. En un estudio llevado a cabo en un centro penitenciario de Madrid, se estudió el efecto de un programa sobre el control de impulsos en 21 prisioneros en comparación con 22 internos que no recibieron el tratamiento. Los resultados determinaron que el grupo experimental tuvo una reincidencia menor que el grupo control (13% vs. 4,5%) (Valencia, Andreu, MÃnguez y Labrador, 2008).
Ahora bien, el ámbito de los crÃmenes sexuales tiene su asidero en que los diversos factores que interactúan en el delito están correlacionados por una evidente falta de comunicación. No hay que ser un genio para notar que un pederasta puede hallar sensaciones de lÃvido en cualquier lugar. No sólo en concursos de belleza o de baile televisados. Con sólo caminar al medio dÃa por la ciudad de La Paz y encontrarse con una horda de niñas vestidas con uniforme escolar el pederasta ya sentirá morbo. Cuánta mayor ha sido la interdicción para prevenir, el delito ha sido más cometido. Mientras más amenaces más generarás que los aparatos involucrados al apetito del peligro se estimulen en un pederasta. Ellos tienen como principal caracterÃstica el vivir con odio y temor, temor y odio. No son identificables y pueden estar en cualquier lugar. Sin embargo los estudios revisados coinciden en que no todos los ofensores sexuales y pederastas pueden ser tratados de la misma manera, habrá los que respondan mejor al tratamiento biológico, aquellos que se adecúan para los programas basados en el control de la violencia, los que responden mejor a los tratamientos cognitivo comportamentales y los que se adaptan a las terapias de grupo. La terapia psicológica con enfoque sistémico se ha constituido en el último tiempo como una opción que permite el desarrollo de procesos terapéuticos breves aplicados a diversidad de trastornos. Una de sus aplicaciones es el abuso sexual en el tratamiento de la vÃctima, el agresor y sus respectivas familias (Madanes, 1993, Rambo, 2009). Los diputados de nuestro paÃs desestimaron la propuesta de implementación de la “castración quÃmicaâ€, cosa que podrÃa ayudar a controlar los Ãndices de reincidencia en la violación, y elevaron la pena para el delito de abuso sexual a treinta años de cárcel. Sin embargo aún existe una posibilidad propuesta por cientÃficos holandeses de la cual me habló la Dra. Norma Barremechea. Se trata de la “pronosticación tempranaâ€. Es una técnica que ha sido incluida en escuelas de Holanda para identificar posibles perfiles correspondientes a un apetito ya sea pedófilo o pederasta.
Por otro lado, ¿qué diferencia existe entre un pedófilo y un pederasta? La RAE define pederastia como el abuso deshonesto cometido contra los niños// concubito entre personas del mismo sexo o contra el orden natural, sodomÃa. Por otro lado la definición de pedofilia, sacada del ensayo de Pablo Santiago “Alicia en el lado oscuroâ€, señala que ‘un pedófilo es alguien que tiene un interés por los niños que incluye un interés sexual. Un pedófilo no es un violador —no más de lo que lo es un varón heterosexual—. La mayorÃa de los pedófilos se dan cuenta de que los niños que tienen relaciones sexuales con adultos pueden tener algunos problemas por esta causa, sobre todo debido a la presión de la sociedad contra ello y los daños psicológicos que pueden conllevar en ambos. Por lo tanto, muchos de ellos incluso renuncian a la expresión de su sexualidad por el bien de sus amados, y soportan la resultante auto-victimización con paciencia de santo’. No, no es que los pedófilos, en desmedro de los pederastas, puedan ser considerados como santos. Son sólo seres humanos, “estúpidos seres humanos como la mayorÃa de los monos que habitan este mundoâ€, dicho como Charles Bukowsky.
¿Y qué hay de la hebefilia? Esta es la caracterÃstica más común entre los varones que, jurisprudencia mediante justifican sus usos y costumbres, se manifiesta en nuestra sociedad. Se trata de atracción hacia adolescentes o preadolescentes femeninas cuyo fÃsico corresponde más bien al de una niña; y si se trata de una puberta, a su propia edad. Esto oxte ni moxte de las niñas que desarrollan precozmente y a los 13 ya se ven como de 20. Es también conocido como complejo de Lolita, de donde deriva posteriormente la cultura Loli Complex, alias lolicon.
Por definición, estos términos no son sinónimos de pedofilia. No obstante, en los paÃses occidentales se ha usado con frecuencia la palabra pedofilia para referirse a la hebefilia o efebofilia cuando ésta es ilegal, o sea, para referirse a la atracción sexual hacia cualquier persona cuya edad sea menor a la edad de consentimiento sexual.
Debido a que cada cultura y estado define una edad de consentimiento sexual mÃnima diferente, la ilegalidad del término varÃa. Por ejemplo, en diferentes naciones musulmanas es aceptado a veces el matrimonio entre adolescentes o entre adultos y adolescentes.
Debido a que de paÃs en paÃs varÃan las normas para establecer la edad mÃnima legal en que un adolescente puede sostener relaciones sexuales voluntariamente con un adulto, la efebofilia no es un concepto estandarizado, asà por ejemplo, en Argentina y España los 13 años son la edad mÃnima para la mayorÃa sexual, mientras en Costa Rica los 15 años, y en México depende de la ley estatal. Además, algunos paÃses establecen edades de consentimiento diferentes para las relaciones heterosexuales y para las homosexuales. En Bolivia la edad legal es de 12 años en relaciones consentidas entre menores de edad, y de 18 sin recuse a estupro.
En Estados Unidos la edad de consentimiento varÃa, dependiendo de los Estados, entre los 16 y los 18 años.
Aún en las jurisdicciones donde es ilegal sostener relaciones sexuales con menores de 18 años si el concepto de adolescencia de Erikson se considera correcto, abarcando la adolescencia entre los 12 y los 21 años, aún en estos lugares serÃa legal sostener relaciones sexuales con adolescentes en su etapa más tardÃa (18 a 21 años) o post-tardÃa (21 a 24 años). Y considerando el último estudio realizado de la post-adolescencia, deberÃa ser ilegal sostener relaciones incluso hasta los 34 años; edad en que recién cada persona es consciente de sus actos y responsable de sus acciones.
En sÃntesis la efebofilia no es ilegal en casi ningún paÃs del mundo, aunque es regulada según leyes locales. Sin embargo el debate surge a partir de que el acto sexual no sólo implica placer sino también consecuencias. La terapeuta Karen Franklin considera que la efebofilia es una preferencia sexual natural y que una gran mayorÃa de hombres adultos sienten atracción por mujeres adolescentes, (por lo general menores de 25 años) por lo que no podrÃa ser equiparado con la pedofilia, que según la estudiosa es claramente un trastorno sexual. Otros como Ray Blanchard consideran que la efebofilia deberÃa incluirse dentro de los trastornos sexuales en el DSM-V35. Incluso a la fecha, en Bolivia se trabaja en opciones legislativas que prevengan la incitación a la efebofilia. Sin embargo, y como toda ley de censura sexual ha sido a lo largo de la historia, es ejecutivamente imposible de aplicar. Siempre habrá fotógrafos que eroticen a las niñas y adolescentes, siempre habrán niñas y adolescentes que se eroticen ellas solas sin saber lo que hacen sólo por seguir una moda y siempre habrán varones que no puedan evitar sentir miles de sensaciones eróticas y románticas por ellas. Entonces, ¿a qué nos estamos enfrentando?
Pederastas, pedófilos, hebéfilos y violadores han sido colocados en un solo saco, generalización que en lugar de ayudar a prevenir la violencia sexual, la está alentando. No lo digo yo, lo dicen los noticieros, toda esa prensa amarillista que llena los bolsillos del dueño del medio con artÃculos de violaciones que alimentan el morbo popular. Una opción socialmente terapéutica serÃa empezar a ordenar la casa, los términos, los juicios y prejuicios. Sólo con un poco de disciplina metodológica es posible encarar emprendedurismos legislativos coherentes y legÃtimos.
Algunos mitos sobre la pedofilia han exacerbado una imagen errónea de esta patologÃa, por lo tanto estamos combatiendo el problema con técnicas erróneas. No se pude pretender trabajar con la vÃctima si primero no se trabajó para prevenir que exista un victimador. Los resultados en Holanda para la detección temprana han dado fruto en un paÃs cuyo debate sobre el tema tiene una larga e infructÃfera tradición.
Para acabar este largo post que poco o nada aportará al debate sobre los concursos de belleza infantiles sólo mencionaré que no se puede curar una enfermedad de la que poco o nade se conoce, o de la que se tiene información equivocada. No existe una cura universal ni un argumento que, como mazo de juez, sea aplicable a todos los humanos que manifiestan estas conductas. La propia concepción del fenómeno es borrosa. En varios paÃses, si una chica de 12 años tiene relaciones con su novio de 14, el chico podrÃa ser acusado, según código penal, por “estuproâ€. En nuestro paÃs es totalmente normal ver chicas de secundaria con novios de universidad, pero en la intimidad pueden estar delinquiendo. Tranquilamente podrÃamos ir a un certamen de baile y decir que los atuendos erotizan a las niñas para al dÃa siguiente asistir con nuestras hijas a la piscina a estrenar un nuevo traje de baño. ¿Acaso las forzaremos a meterse al agua con un vestido victoriano? Entre la paranoia hacia el sexo relacionado con la adolescencia y la infancia, y el objetivismo de la problemática de la violencia sexual y sus estÃmulos, existe un vacÃo argumental que raya en la incoherencia. Claro, cuando una madre en casa habla sus incoherencias está muy bien. Lo angustioso es cuando esa inconsistencia llega a magistrados, a la cámara alta o baja, al ejecutivo, al legislativo, al judicial, al tribunal constitucional, a los medios de comunicación, a la PolicÃa y las fuerzas del orden; o cualquier aparato de poder. Michel Faucoult, mediante su “Historia de la sexualidad†y su “MicrofÃsica del poderâ€, nos enseñado que la sexualidad no es una fatalidad, sino una oportunidad de nuevas formas de amar y de proteger lo que se ama mediante un poder que conoce los pilares de ese amor. Su muerte voluntaria es la prueba fehaciente de que tenÃa razón. No sé si este post llegue a los lectores precisos o no, sólo sé que esto debÃa decirse tarde o temprano. Escribà una novela que publicaré pronto con este propósito y lo adelanto un poco para cumplir la promesa que hice a mi bizarro amigo pedófilo; le prometà investigar el tema y difundir los resultados. Bueno, aquà están parte de ellos.
¡Ah sÃ!, lo olvidaba. Odio los certámenes de belleza infantil… ¬¬ …
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